Último día del génesis, cuando modelaron al varón

Por Rodolfo Torres


Rodolfo Torres (Fito)

EL viejito de barba y melena canosas era como otro cualquiera, pero algo le diferenciaba de los demás. La desigualdad no radicaba en que dispusiera de panza considerable y fuera bastante nalgón, sino que era feliz en la inmensidad de la nada, rodeado de la nada, sin ni un solito ruidito y ni siquiera una sola nubecita o lucecita por ninguna parte, sin que le preocupara la más mínima preocupación, cuando, de repente, el exceso de quietud y de estar ahí flotando sin hacer absolutamente nada durante la nada eterna le llevó a exclamar: ¡Qué aburrimiento, carajo! Y para salir del mayúsculo ostracismo se hizo un plancito en el que lo primero sería crear el Arriba y el Abajo porque ni de eso existía donde ÉL se encontraba. Así pues ya iba a hacer ¡¡¡paffff!!! con sus dos manos para colocar el Arriba hacia sus pies cuando se dio cuenta de que en esa dirección había pensado poner las Tierras que iba a inventar, las cuales serían lo duro y lo pesado y sobre las que podría reverenciársele a ÉL y, si se quería, pues también podría realizarse un sinfín de tareas de menos importancia, mientras que los Cielos deberían encontrarse en sentido inverso porque era algo que no iba a pesar nada, compuesto de ¡¡¡paffff!!! de Estrellas y de ¡¡¡paffff!!! de Nubes y de ¡¡¡paffff!!! de Aire que eran más ligeros aún que el mismísimo Cielo, por lo que luego de que ÉL les inventara pasarían todo el tiempo flotando como ÉL mismo y como ya lo estaban haciendo a partir de ese instante. Y así fue como comenzó todo.

Para su buena fortuna, ÉL comprendió a tiempo que si situaba el Abajo donde debería ubicarse el Arriba terminaría dándose tremendo mameyazo contra las mismas Tierras porque con otro ¡¡¡paffff!!! ya estaba creándolas y porque en el paquete junto a estas venía la Gravitación muchísimo antes de que naciera Issac Newton y ¡¡¡paffff!!! en dirección a esas Tierras acabadas de hacer se precipitaron las Aguas cual lluvia bendita porque ÉL no dejaba de hacer ¡¡¡paffff!!!, y caían Animales grandes y pequeños trabajados a medias, la verdad, que llegaban a las Tierras y asustados huían en todas direcciones, y ¡¡¡paffff!!! se despeñaban igualmente Plantas cuales remolinos verdes que no tardaban en hundir sus raíces buscando nutrientes, y ¡¡¡paffff!!! también se precipitaban Peces chicos y enormes en cascada burbujeante y descomunal, y ¡¡¡paffff!!! de igual manera llegaban volando grandes Aves de formas y colores diversos, así como las más humildes en el plumaje y el tamaño pero cuyo canto ya embrujaba. Y así fue como siguió todo.

Luego, por entre y sobre las Tierras estrujadas y amontonadas en algunos sitios y planas y agujereadas en otros ya fluían imparables las Aguas convertidas en ríos, primero, para ser grandes lagos, después, y, por último, océanos a los que ÉL --mordiéndose la lengua y con la sola puntica del dedo índice de la mano derecha-- añadió suficiente Sal para que así hubiera discrepancias entre unas y otras Aguas, y, precisamente por eso, los Animales de una parte se distinguieran de los de la otra parte, porque, se dijo: “Las primeras diferencias entre cada una de las criaturas que naden ahí constituirán los impulsos iniciales para que todas las que prorrumpan de esas acabadas de criar deseen ser cada vez más diferentes y esto al final les hará iguales”. Y así fue como siguió todo.

Entonces, porque el siguiente paso requería de ciertas sutilezas, ÉL movió los dedos de una mano así y así y así y fue subdividiendo y especializando las plantas acuáticas, para mares y ríos, y, las terrestres, para valles, junglas y montañas, algunas altísimas con sus troncos gruesos y otras preñadas de flores y otras de frutos y todas con sus hojas y también con sus espinas que, con sus colores y sus olores inauguraron las aguas y los campos al inundarlos de emanaciones y de tonalidades. Con la otra mano e idénticos movimientos de sus dedos, así y así y así, ÉL iba diversificando la vida animal en sus múltiples formas con pelos y plumas y escamas y pieles…

Y así dijo a unos y a otros, a todos: “Vuelen veloces por esos Cielos merced a la energía que les proveo, corran y arrástrense por esas Tierras con el vigor inusitado que les proporciono, naden por esas aguas con el brío que les imprimo”. Calló un instante y siguió expresándose de esta manera: “Cómanse ustedes a los demás y no se dejen comer ustedes por los demás, que ese va a ser el secreto de la coexistencia y de la armónica vida que he echado a andar aquí.” Y así fue como siguió todo.

Ya se volvía a la Nada eterna para el merecido reposo cuando recordó algo, un detalle, faltaba una especie de sello, un broche de oro con el que debería cerrar el mágico quehacer de las jornadas precedentes pues había trabajado mucho y de nada valdría lo hecho si no era reconocida y alabada su obra en toda su grandeza. Por eso, pensó en darle aliento a una criatura que fuese superior a las demás criaturas que ya poblaban los Aires, las Aguas y las Tierras y por encima de todo le adorase a ÉL.

Pero de ninguna manera la crearía grande como la Ballena o el Elefante, ni pequeña como la Mosca o el Mosquito. No quería que fuese sanguinaria como el León o el Tiburón, ni veloz como el Guepardo o la Gacela. Pero que fuese superior a todas esas bestias y para ello le insuflaría inteligencia y habilidad y que utilizara tales atributos para crear objetos y se sirviera de estos para admirarle a ÉL bajo el techo que la nueva criatura se construyese.

Así que ¡¡¡paffff!!! y apareció una gran pelota de color carne, desnuda, que se movía rodando. ¡¡Era en verdad una labor milagrosa, pues al parecer la bola pensaba!! ÉL le ordenó ejecutar numerosas acciones y la esfera procedía en consecuencia. Pero ÉL no dejaba de rascarse la cabeza, mirándola crítico: “Puede que este rodante ser reflexione, mas no va a hacerlo como es mi deseo pues seguramente no oye bien, tampoco ve, apenas palpa, no degusta y no ventea”. Y así fue como no siguió todo.

Entonces, de un sonoro ¡¡¡paffff!!! apareció el más amable espécimen del mundo pues era el único en su tipo y tenía la textura y el alargado cuerpo de un árbol, cuyas ramas en todas direcciones eran las extremidades superiores, mientras que las inferiores se afincaban en la tierra y ahí se encontraban las bocas para tomar los alimentos, a la que ÉL dijo así: “Tendrás una vida larga y en paz con todos”, a lo que el nuevo ser se inclinó como muestra de aquiescencia. “Serás benévolo con las demás criaturas de este mundo acabado de inventar pues a unos les darás de comer y a otros les proveerás de viviendas en el verano y hasta en el invierno, además de facilitarles la defensa a quienes lo necesiten y contra los que vengan a comérselos a ellos pues la altura de tu cuerpo y tus múltiples brazos les protegerán”.

Pero, apartándose, ÉL no dejó de ser crítico al observar que nunca iba a admirarle a ÉL como era el deseo de ÉL, ni reconocer con estentórea voz que ÉL lo había creado todo todo pues faltaban a la nueva criatura los órganos para ver y para oír y, los más importantes, los que le servirían para expresarse de viva voz, además de los necesarios y reales brazos con los que debería fabricar objetos para honrarle a ÉL. Y así no fue como siguió todo.

Poco rato después, ÉL saltó de la alegría a pesar de sus muchos años para detenerse arriba de una gran nube plateada y dijo así: “¿Para qué romperme la cabeza inventando formas y maneras de una nueva criatura si puedo hacerla a mi imagen y semejanza?” Sonrió por estas últimas palabras pues de repente quería que se le pareciese en todo en todo en todo so pena de que esa misma criatura terminara por no creer en ÉL como a ÉL mismo le ocurría en no pocas ocasiones. Así pues no obstante de que ÉL careciera de espejos capaces de devolverle su apariencia real, acometió la tarea de armar un cuerpo semejante al suyo. Y lo primero que hizo fue bajar a las Tierras todavía calientes de lo recién hechas, a un sitio en el que había Arcilla y allí mismo empezó a componer la figura, desde abajo. “Porque cada cosa ha de principiarse desde la base, lo cual es argumento razonable para afirmar que sin base firme no hay cosa que se sostenga, arriba…”.

Entonces, se descalzó de sus sandalias de tiritas para prestar atención la primera vez en su eterna vida a los propios pies que, de pronto, le parecieron increíbles por la manera en que podía moverlos en todas direcciones. “Son una maravilla esos dos pies míos”, murmuró, contentísimo, como si acabara de descubrirlos. Y gracias a eso, precisamente, ÉL fabricó dos extremidades inferiores armadas cada una de ellas de cinco dedos que iban de mayor a menor. Satisfecho consigo mismo, continuó hacia arriba hasta rebasar las dos rodillas, que hizo flexibles aunque con su poquito de dolor por el reumatismo (lo que significaba que fabricaba la nueva criatura con absoluta fidelidad), y poco después unió esas dos columnas obradas del húmedo barro para disponerse a crear las caderas con sus correspondientes partes anterior y posterior… Y así sí fue como siguió todo.

Como había llegado a ese tramo en el que se unen los muslos, ÉL se alzó su propio faldón para mirarse por delante y también por detrás. Sonrió: “Muy bien, que sea así mismo”. Y añadió arcilla. Y más arcilla. Y más arcilla. Porque ÉL era meticuloso y deseaba la perfección. Continuó de esta manera por todo el tronco y amasó más arcilla para los brazos, modelados sin dificultades porque los suyos propios estaban a la vista, lo mismo que las manos que concluyó al crear cinco dedos en cada una de ellas y regalarles el sentido del tacto, por lo que ambas enloquecieron solitas deseando palparlo todo a la redonda. Y así fue como siguió todo.

ÉL continuó con la parte superior de los hombros y, con más arcilla, hizo el cuello y por último --palpándose a sí mismo cada pedacito de la cabeza, para reproducirlo todo-- creó una esfera en la que se detuvo a discurrir qué plantaba en ella. “¿A ver, a ver, qué tal si le pego cuatro ojos y que tenga uno en cada una de las cuatro direcciones cardinales? ¡Nadie va a sorprenderle jamás!” Pero pronto se dio cuenta de que le daría muchas ventajas a esta criatura si la comparaba con las demás, a las que les había otorgado solo par de ojos a la parte delantera. Aunque, bueno, la historia de la Araña era lamentable porque cuando la tuvo casi lista se le fue de las manos, varias veces, y luego no rememoraba lo que ya había hecho con ella --porque trabajaba muchos organismos al mismo tiempo y a gran velocidad para tenerlos listos en el tiempo previsto-- y por eso le pegó tantos ojos y tantas patas a la pobre. ((Lo del Ciempiés sí que no tenía explicación, ni quería recordarlo.)) Pero con el que ÉL llamaría Varón no iba a ocurrir así. Y por tanto así no fue como siguió todo.

Pues tal cual hiciera con las demás criaturas, colocó solo dos ojos a la parte frontal de la cabeza nueva: “Lo mirarás todo, pero verás solo algunas cosas”, dijo al Varón. Y los párpados acabados de hacer se descorrieron un instante para que los ojos experimentaran con el regalo novedoso y descubrieran colores y movimientos en el mundo recién hecho...

ÉL amasó otras dos porciones de arcilla que aplastó entre las palmas de las dos manos abiertas con las que creó dos orejas y pegó una a cada lado: “Lo oirás todo, pero escucharás solo una parte”. Y la sorpresa se transparentó a aquellos ojos cuando empezó a advertir sonidos del mundo como el trino de las aves, el viento moviendo las hojas de los árboles, el agua del arroyuelo cercano discurriendo entre rocas...

Y lo mismo hizo con la nariz y sus dos huecos: “Te llegarán todos los olores, pero distinguirás solo unos pocos.” Por lo que el desconcierto volvió al rostro todavía a medias ya que percibió una verdadera sinfonía de efluvios que iban de la más malsana hediondez a la más exquisita de las fragancias, aunque no supiera identificar todavía los nombres y las procedencias de algunos. Y así fue como siguió todo.

Con la boca sí que se dio gusto ÉL: “Voy a recrearme en esta parte de la nueva criatura para que me invoque y me adore como es debido, además de que la use en el desempeño de otras tareas menos importantes.” Así pues amasó otros dos breves segmentos de arcilla que alineó paralelamente debajo de la nariz con los que formó los labios: “Para que lleves a cabo el arte del beso y hasta de la más inmoderada caricia”. Y con más arcilla hizo otros dos largos “cigarrillos” curvos que aplastó ligeramente con las puntas de los dedos, como forjándoles un filo, para luego crearles hendiduras con las uñas y, abriendo la cavidad nueva, los instaló arriba y abajo: “Para que muerdas y mastiques”. Luego metió dos dedos en la misma grieta, hasta el fondo, como queriendo atravesar el cuerpo nuevo, hacia el pecho, y se expresó así: “Usarás asimismo esta boca para beber y comer y confirmarás que los sabores no siempre coinciden con los olores, los colores y las formas.” Y sin intención clara de concluir de una vez tomó un pedazo más de arcilla con el que creó una cinta de mediano tamaño que insertó en el lugar correspondiente: “Me reverenciarás con el don de la palabra que ahora te otorgo y que te servirá asimismo para poner de relieve cuánto llevas dentro y también para ocultarlo porque no hay mejor escondrijo que la mucha labia que nada dice”. Y así fue como siguió todo.

Antes de apartarse definitivamente hacia las Alturas, ÉL sopló en el rostro recién obrado para imprimirle el aliento vital y que el Varón despertase a la vida, lo que ocurrió estando aquel completamente desnudo de ropas y de ideas. Así pues, la criatura nueva abrió sus ojos del todo, siempre de pie, para darse media vuelta mirándose a sí mismo y mirando alrededor, maravillado de la existencia que ya disfrutaba y agradecido de percibirla. Era un ser nuevo que llegaba a un mundo nuevo y desconocía la maldad, lo mismo que la inocencia, cual papel blanco en el que no había nada escrito.

Comoquiera, la figura modelada debía poner de su parte para empezar a vivir su propia vida y lo primero que hizo fue estrenar la lengua diciendo así: “Soy el más hermoso varón jamás visto.” A lo que ÉL replicó desde su altura: “Discúlpame, pero no hubo ninguno otro hasta ahora. Tú eres el primero.” “Por eso es que soy el más hermoso varón jamás visto”, repitió aquél. Y tales palabras originaron una nueva réplica de ÉL: “Criatura, te estoy diciendo que no puedes compararte con nada ni con nadie porque eres el primero y el único en tu tipo”. “Por eso mismo es que soy el más hermoso varón jamás visto”.

Y ÉL se felicitó por no haberse ido todavía hacia las Alturas, ya que algo había empezado mal: ahí estaba esa figurita con el barro todavía húmedo en algunas de sus partes, pero las piernas separadas y las manos a la cintura confrontándose con ÉL mismo que le había creado. Y así no podía ser que siguiera todo.

“Creo que no he terminado contigo”, dijo ÉL. “Déjame ver qué tienes ahí”. Y no había acabado de hablarle al Varón cuando de un rapidísimo movimiento le puso a dormir para agarrar la cabeza nueva y abrirla por la parte de arriba y mirar dentro, de ahí que al hueso del cráneo se le quedara hasta hoy en día una suerte de costurón… ¡Pues no había nada! O sí había, mejor dicho, y era un compacto bolo de arcilla. Y ÉL, ayudándose de las puntas de sus dedos y de las uñas con que antes dividiera la testa la vació del todo, ahuecándola, para luego amasar la misma arcilla y, a la manera de un simple adorno porque no iba a devolverla lisa y fea al lugar de donde la tomara, le hizo finísimos canales para luego infundirle nueva consistencia y otro color hasta dejarla cual gelatina blanco-rosada que no tardó en introducir en la que desde ese momento empezaría a llamarse Cavidad Craneana. Y así sí fue como siguió todo.

ÉL volvió a soplar en el rostro nuevo de tal guisa que el Varón abrió los ojos, como si al fin despertara a la auténtica realidad. “¿Qué tal, cómo te va?”, preguntó ÉL, para ver si había algún cambio. “¡Me siento muy bien porque todo es bello en este bello jardín y yo soy aquí lo más hermoso!” ÉL no pudo evitarlo y miró a otro lado, sonriendo. Definitivamente, algo había salido mal y al parecer no tenía arreglo salvo que diese atrás a todo para empezar de cero. ¿Pero echar a la basura el tremendo esfuerzo realizado? No, mejor dejarlo así porque lo que ÉL no lograra ajustar quedaría en manos de otra de sus muchas invenciones, esto es el Tiempo, que es implacable y encaja cada cosa en su lugar, para bien y hasta para mal.

Quedaba una última tarea y decidió concluirla para enrumbar por esos Cielos:

“Varón, en este Jardín hay todo tipo de árboles frutales, panales llenos a rebosar de miel de abejas y animales lanudos y de cuatro patas que te darán gustosos su leche. Disfruta de todo eso, aquí”. Le miró, convencido de que el Varón le había oído y entendido y dijo más: “Uno de estos días te traeré una Varona para que te haga compañía. Mientras, acostúmbrate a ver aquel árbol que está allá y no comer de su fruto. ¿Entendido?” “Sí”, dijo el otro de mala gana. Solo entonces, al fin, ÉL se marchó a las Alturas. Y así fue como siguió todo.

Pero las adversidades perseguían al Hacedor Universal pues a las pocas jornadas y cuando empezaba a regocijarse del necesario respiro escuchó fuertes lamentos que procedían de Allá Abajo, de en vuelta del Jardín. Se incorporó entonces para asomar su faz por entre nubes y vio al Varón, desnudo como le dejara, boca arriba y a la larga sobre las hierbas, y con las manos sobre la panza muchísimo más hinchada de la que ÉL creara a su imagen y semejanza.

Parecía el pobre encontrarse al borde del estallido, con el rostro congestionado y respirando débilmente. Se apuró pues para llegar a su lado. Era en verdad material defectuoso pero estaba hecho y con más razón iba a venerarle a ÉL como ÉL se merecía luego de la cura que llevaría a cabo. Y así fue como siguió todo.

“¿Qué te ocurre?”, preguntó a la postrada figura de abultadísimo vientre. “¿A qué se deben esos gritos de dolor agónico?”

Y el infeliz dijo así, con sus ojos cerrados: “En verdad no sé qué me pasa, pero tengo mucho dolor aquí…”, y se acarició levemente la piel de la barriga para entonces quejarse con más fuerza, como si le torturaran.

“¿Has hecho algo fuera de lo normal?”, inquirió ÉL. “¿Comiste frutos del árbol que te indiqué con claridad que ni siquiera le miraras para evitar la tentación?”

Y el Varón abrió sus ojos, torció la cabeza hacia ÉL y respondió: “¡Pero si no me he movido de donde me dejaste porque aquí mismo encontré papayas, melones, mangos, piñas, nísperos, aguacates, mameyes, guanábanas, anones, anoncillos, plátanos…!”

“¿Y has comido algunas de las frutas de que hablas?”

“Sí, me las he comido todas y como era la primera vez pues no podía parar…”

“¿Qué significa que no podías parar?”

El Varón asintió, con sus ojos cerrados y sin dejar de quejarse: “Pues que estaban muy sabrosas y no podía parar de masticar y tragar“.

ÉL observó la montaña de panza, sin poder creer en lo que estaba viendo:

“¿Hace un mes que estás aquí y has comido todas esas frutas sin parar?”

“Sí”, dijo el Varón al tiempo que soltaba un alarido. Y así fue como siguió todo.

“¡Qué extraño es todo esto!”, comentó ÉL para sí. “Te hice tal cual soy yo y a mí nunca me dolió nada. O sí, un poco las rodillas y creo de tanto flotar por ahí”. Dio vueltas en torno al cuerpo boca arriba, en el suelo. “Yo siempre comí de todo y nunca me dolió…”, paró la marcha y reflexionó a fondo: “Aunque, bueno, mi alimento no es terrenal…” Otra vuelta alrededor del Varón, en el que resaltaba la panza enorme y cuya piel semejaba el parche de un tambor de lo tirante. “¡¡Momento, momento ahí que mi alimento es espiritual y por eso no expulso desechos orgánicos!!” Otra vuelta pero esta vez para detenerse ante el cuerpo, levantar las piernas que fueran de barro, separándolas, y mirar el mismo centro entre las nalgas. Y lo que vio fue justamente lo que esperaba que no iba a ver, con toda lógica del mundo acabado de hacer, porque lo había creado a su imagen y semejanza… Así que lo durmió de nuevo, le hizo lo que faltaba. Y sobrevino la tremenda explosión acompañada de todo lo demás. Y así sí fue como de verdad siguió todo.

Hohenschönhausen, Berlín, 2014

 


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