¿Por dónde le entra el agua al coco?

Por Rodolfo Torres


Rodolfo Torres (Fito)

La interrogante tomó por sorpresa a los habitantes del corral de los cerdos. Lo trajo en berrido áspero el chivo Seferino Berrenchín, quien agregó en voz baja que por orden del gran jefe estaban todos y cada uno obligados a responder. Y con rapidez. Por eso, el marrano Tapón Mantecoso corrió a preguntar a los de su especie. Pero nadie entre los puercos sabía nada y el mismo Mantecoso no entendía de acertijos.

De la ansiedad, Tapón no cenó esa tarde y tampoco durmió a lo largo de la noche: “¿Por dónde le entra el agua al coco, por dónde…?” Y como no resolviera el enigma, decidió temprano en la mañana acercarse al compadre Inmundo Cuatropatas, quien había venido de un gran centro de cría y ceba de cerdos -en la periferia de la ciudad- y tendría muchos más conocimientos.

Inmundo se encontraba en la misma charca en que entrara de cabeza el día de su llegada a esta granja, meses atrás, sin hacer nada más que rezar. Parecía dormitar, de medio lado, con la rosada panza bien enlodada como todo cerdo que se respetase, pero en verdad clamaba todo el tiempo por Macusa la Plumada…, cuando no andaba a la caza de las más jóvenes puerquitas. Y de los puerquitos.

-Buenos días, Cien-patas --murmuró el Mantecoso, fuera del valladar de madera y cemento. Le confería un número mayor con la intención de halagarlo y así respondiera con mejor ánimo; era conocido su carácter agrio.

Inmundo detuvo el rezo diez mil novecientos seis para abrir los ojos y tender la más colérica de las miradas por encima de la baranda de madera. Adivinó por qué el recién llegado le decía “cien-patas” y, callado, sin despegar la cabeza del fango, esperó que desembuchara lo que le había traído hasta allí para reanudar el ruego que seguiría salvándole la vida.

Debe aclararse que con el Cuatropatas hubo grandes planes desde el mismo nacimiento: harían de él jamón, tocino, hamburguesas, salchichas, parrilladas, barbacuá y al final, sin excluir ni los gritos, hasta picadillo. Pero ocurrió un milagro: escuchó rezar desde que era puerquito-bebito a un viejo cerdo, le imitó a manera de juego y un buen día lo apartaron de los hermanos, los primos y los amigos para traerlo acá. Él lo atribuyó al santo poder de Macusa la Plumada.

-¿Sabe usted por dónde le entra el agua al coco? --preguntó Mantecoso.

-(¿Pero será mentecato?) --inquirió el otro, rabioso, aunque ocultando la voz por temor a la ira del más jefe. (¿Me interrumpe usted para preguntar eso?)

-Es que, mire…, mire…

-(¡Mire nada!) -gruñó Inmundo- (¡La respuesta a esa cuestión está relacionada con el poder espiritual venido de lo alto!)

-Pues yo no veo relación entre el agua dentro del coco y ese poder…

-(¡Sí que existe porque las aguas caen del cielo y por allá arriba, en lo último de la mata, se encuentra suspendido el racimo de cocos!) -¡Oh Dios! --se le escapó a Tapón al darse cuenta de su propia estupidez pues había creído en la gran cultura del otro por haber venido de “afuera”. Y le aumentó la ansiedad ya que los minutos pasaban, él no tenía en sus patas la solución al enigma y eso le impedía ver cómo la tensa atmósfera en la granja podía picarse en cuadritos. La verdad era que los pollos, las vacas, los perros, las gallinas, las ovejas, los gatos, los gansos, todos vivían jalándose los pelos, las plumas y los pellejos por la falta de una buena voluntad bajada de allá “arriba” para hacer un presente aceptable y soñar entonces en un futuro mejor.

El Mantecoso dirigió su hocico hacia la yegua Anastasia la Trotona. ¡Ella sí que sabría responder!, se dijo acercándose. La Trotona había recorrido todos los caminos halando carretones y en la tristeza de sus grandes ojos estaba marcada la dolorosa experiencia que se adquiere a gritos y fustazos. Lo increíble era que a pesar de todo conservaba la triunfal prestancia de la pasada juventud y la trasmitía al belfo y a sus relinchos. Era amable de las orejas todavía enhiestas, pasando por la crin sedosa para terminar en la cola peinada y las cuatro patas de cascos siempre brillantes. -Buenos días, estimado Tapón -musitó en relincho suave-. ¿Cómo le va a usted y a su querida puerca?

-Buenos días, estimada yegua -dijo el cerdo elevando el hocico para mirar a los ojos de aquella-. A nosotros no nos va bien en lo animal, ni en lo político.

-¿Por qué?

-Es que todos aquí debemos saber por dónde le entra el agua al coco o... o puede que nos ocurra algo muy grave. ¿Usted no va a responder…?

-Yo sé la respuesta desde el primer día. Pero dígame qué es lo que usted cree que pudiera ocurrirle,-preguntó la Trotona deseando pasar sus cascos por el lomo del cerdo para tranquilizarlo.

-No sé, no tengo la menor idea, pero ya me siento mal por no saber lo que nos pudiera ocurrir y eso es para mí la peor entre todas las torturas.

Siempre en sus cuatro patas y controlando el movimiento de la cola para que no se le viera lo que le andaba dentro, la Trotona apretó sus labios y pestañeó par de veces. Parecía encontrarse en la intangible cuerda floja de la indecisión por lo que se alejó par de metros, dio una vuelta para aclararse la cabeza y regresó convertida en otra yegua aunque no hubiera cambiado ni un pelito. -Estimado Mantecoso, hace un rato estaba yo entretenida comiendo hierba en la parte de atrás del corral de los cerdos cuando escuché la conversación que usted sostenía con ese animal que vive revolcándose en el fango...

-¿A quién se refiere usted, al Cuatropatas?

-Sí, a ese mismo y quiero decirle a usted que ese Inmundo es el marrano más asquerosamente cochino de los que yo haya conocido en toda mi vida. Ahora cree con fervor en el santo poder de Macusa la Plumada, pero no deja de hacer todo tipo de horrores -dijo la yegua buena con mirada de escándalo-. Sepa usted que cuando fueron a sacrificarlo, los matarifes descubrieron que el muy cerdo conservaba los testículos con que había nacido…

-¿Pero cómo pudo ocurrir algo tan horrible?

-Porque a ese marrano no le cuelgan como a todos los machos…

-¿Eeeeeh?

-Y por eso parecía castrado.

-¿Entonces?

-Entonces pensaron sacrificarlo para por lo menos aprovechar su carne, pero el olor del macho incorregible que es él había penetrado cada pedacito de su cuerpo y lo único que se podía hacer era eliminarlo para luego incinerar el cadáver o traerlo a una granja y que viviera su marrana vida y eso es lo que han hecho con esa bestia...

Tapón Mantecoso se quedó sin habla.

-Sepa entonces que por ahí le entra el agua al coco con respecto a ese bicho.

-Ya entiendo.

-No, estimado Mantecoso, falta algo para entender de veras.

-Usted me asombra, querida yegua.

-¿No se ha dado cuenta de la tensión en que vivimos aquí, con garras, colmillos y a patadas, listos siempre todos para atacar y defendernos?

-Sí, bueno, sí…, la verdad es que…

-Pues sepa que el más jefe en esta granja pretende desviar nuestra atención de lo mal que anda su gobierno y cada cierto tiempo, para distraer a todos los animales, exige respuestas rápidas a preguntas carentes de sentido y es por ahí por donde entra el agua a nuestro coco.

-¿Pero qué hace con las respuestas?

-No le interesan. Con más razón, por ahí entra el agua a este coco…
Hoheschönhausen, Berlín, 2018

 


¿TIENE ALGO QUE DECIR? COMENTE

Nota: Este es un espacio de participación de los usuarios. Las opiniones aquí registradas pertenecen a los internautas y no reflejan la opinión de Satiraopinion. Nos reservamos el derecho de eliminar discrecionalmente aquellos que se consideren no pertinentes.