La jinetera de la pata plastica

Por Rodolfo Torres


Rodolfo Torres (Fito)

La noticia es pólvora incendiada en las calles de Habana Vieja. Así dicen por teléfono: ¡Son españoles! ¡Traigan condones! ¡Apúrense! ¡Un ómnibus lleno de pepes estállegando del aeropuerto! ¡Qué se les abultan los bolsillos! Y fuera del hotel, del ómnibus todavía caliente, bajan los pepes con nuevos modelos de risa turística en los rostros y cámaras fotográficas desde los cuellos. Vienen además armados del perfume internacional de moda que ya no distingue a nadie, la curiosidad fotográfica y la ansiedad por morder y chupar chocolate. Como respuesta acude un pelotón suicida de jineteras. Negras y mulatas. Las otras no cobran en combates con este tipo de contrincantes.

No terminan de poner los españolitos sus alpargatas en la acera frente al Hotel Plaza y ya reciben risas disparadas desde brevísimos vestidos y pantalones ajustados. Ellas empiezan a repartírselos. Uno de los pepes, de rostro simpático y avanzado ya sobre la segunda edad, se recuesta para no caer en medio de la batalla. En realidad, casi se esconde tras una columna. Así, es testigo del encontronazo de los cuerpos.

Desgraciadamente, en este reparto del mundo hay jineteras que llegan tarde. Tomasa es una de ellas; mulata armada de tetas como flechas y trasero que cada hombre a su paso clama por Dios en el cielo para que se lo bendiga acá abajo. De boca grande, con dientes blancos y parejos y lista siempre para lanzar carcajadas. Pero Tomasa, la pobre, tan lista como es y hoy se ha quedado sin su pepe. Hoy no hará su pan. Y mira desconsolada alrededor, cuando descubre al españolito recostado a la columna. No comprende cómo nadie más lo vio.

-¡Material fácil, que mato con par de nalgavajazos! -dice riendo convencida.

Él lleva gafas montadas al aire para mejorar la visión, a la vez que los cabellos plateados le adornan la cabeza. Tomasa va a atacarlo, cuando una visión la paraliza: él se despega de la columna y gira rarísimo. ¡Su pierna derecha es más rígida que una estaca!

“Caramba, nunca trabajé un tipo que le falta un pedazo... Luché fulas con gordísimos, viejísimos, calvísimos, rarísimos..., pero nunca con alguien que le falta algo”. Y piensa más sin dejar de mirar al gaito cojo: “¿Cómo funcionará en la cama un hombre que no tiene una pierna o sin brazos...? ¿Estará completo para arriba? Cabronas -dice mirando a las colegas de labor con sus pepes enteros-, ahora comprendo por qué me lo dejaron. ¿Pero por qué me tiene que tocar a mí, por qué?”

Ella sabe que puede rechazar este “trabajito” y seguir libre hasta pescar algo que no la angustie. Más, como siempre, da vueltas a las ideas y termina enredada en las ideas. Es que Tomasa piensa, lo que es malo para esta profesión.

“No me comprendo”, medita, “si lo que quiero son los fulas, ¿por qué no me lo echo por los fulas? ¿Por qué nadie más lo agarra por losfulas? Parece que tiene que haber algo más que fulas... Caramba ¿y si el tipo fuera tremendo vacilón en la cama a pesar de lo que le falta? También yo pudiera cerrar los ojos y hacer mi pan”. Pensando así se acerca tigresa al españolito acompañado de la cámara fotográfica y el tric-trac de su pierna derecha bajo los pantalones ligeros.

-¿Primera vez que vienes a Cuba? -dice ella con risa de oreja a oreja. La socorrida interrogante está en desuso, denota estupidez en quien la dice. Pero es la primera que aparece en el Curso Elemental Jinetur de los años '80. Los tiempos cambiaron y hoy a los pepes se les entra por los ojos, con colores y movimientos: pulóver relumbrón que anuncia pezones afilados y licra que muestra el sabroso desplazamiento de las nalgas. Tomasa sabe eso, es experta, pero el cliente que la ocupa no es de los de siempre, moverles el trasero y salir a despeluzarlos. ¡A este debe conquistarlo a la antigua! ¡Ganárselo con palabras! No cree que ni a la décima pregunta pueda agarrarle una mano para ponérsela en una de sus fabulosas nalgas. Siempre lo hizo con otros, descaradamente, pero con este gaito eso no va a funcionar, se lo ve en los ojos de mirada recta.

De pronto, el pepe se voltea con la cámara lista y provoca un destello blanco en los ojos almendrados de Tomasa. Ella pensaba sorprenderlo de alguna manera y es la sorprendida. Queda a flor de piel, un instante, la verdadera Tomasa, pestañeando y tratando de regresar al personaje guasón que ha montado como si fuera actriz callejera. Él sigue apresándola en el interior de la cámara oscura con cada clic-flash. Y a ella se le desnuda el alma, esa parte de cada cual que más ropas trae.

El pepe responde a aquella agresión:

-Nunca había estado en Cuba... y me gustaría tener un guía.

Tomasa salta jubilosa, se ofrece. Quizás la invite a cenar, sin necesidad de hacer otra cosa. “Como para agradecerlo”, piensa ella. El españolito entiende casi sin palabras más de lo que la muchacha cree y cuadran el negocio para perderse en ese mundo adoquinado, con extranjeros a cada paso, que es Habana Vieja.

Ella, entre risa y risa, ve que va a tener un día malo: hace mucho no la entusiasman los extranjeros, sino losfulas en sus bolsillos; y la verdad, tampoco tiene alma de guía.

Él la mira reír y ríe, pero por detrás de la risa comprende que ella no gana su pan diario y este es su trabajo. “Que por amor al arte no camina ella a mi lado”, se dice el españolito. De modo que detiene a Tomasa:

-Eah, guapa, quiero refrescarme el gaznate con cervezas y sin ropas.

Tomasa cree interpretarlo: beber porque tiene calor. Y punto. Nada más.

-¿Conocéis un lugar con cerveza y cama? -insiste él. Sabe que no debe llevarla al hotel. Si lo hace ha de pagar por ella. O, como otros dicen en el terruño, por experiencia: ella paga al portero, al carpetero, al policía, a la que limpia... y se queda en la habitación, sólo que más cara. Pero el interés masculino no va tan lejos, no.

Tomasa escucha la petición cerveza-cama y deja de pensar en que él tiene calor. Cree descubrirle el deseo de derretirse arriba de ella. Y agranda los ojos, más que cuando los flashazos de la cámara. Agarra la mano del gaito y lo hala a un destino. Sin entusiasmo, la verdad. Y para ser honesta consigo misma, jamás imaginó que él decidiera el inicio del pleito, uno de esos cuerpo-a-cuerpo mierderos que concluyen al primer caderazo de una especialista como ella. Van así, tric-trac, como tras un coche fúnebre a lo largo de cuadras, con edificios musgosos a ambos lados y huecos llenos de fango, hasta llegar a una entrada pequeña que se abre en ancho patio con tendederas, negritos de cenicientas nalgas al aire y desplazamientos sospechosos con bultos apurados entre los cuartos, que hacen ver al gaito el comercio solapado de estos seres.

Son las 7:00 p.m. La noche empieza a llenarse de estrellas, pero Tomasa hala al gaito. Entran en una de las habitaciones. La ocupan una anciana, dos niños y un matrimonio joven. Comen arroz con frijoles y croquetas de pescado. Utilizan cucharas grandes, de aluminio, de las de sopa. Los niños comen de pie, contra la mesa mínima. Al ver llegar a Tomasa acompañada sueltan los platos, no hablan, tampoco la miran, como si los expulsaran. El gaito se asombra, no quiere quedarse. Ella es rápida y atrae la cabeza masculina hasta pegarle los gruesos labios succionadores a los rojos labios de él. El gaito quiere irse más rápido aún.

-Cálmate, hombre, relax, mybaby -dice con risas-, que no he hecho nada todavía.

Y el españolito, cual compás enorme, gira sobre la pata plástica como si fuera la aguja de acero. Va mirándolo todo, lentamente, a través de las gafas redondas. Tomasa le mira mirar. Hay pobreza. Y oscuridad, estrechez, humedad..., como las habitaciones de los negros esclavos hace más de cien años en la misma Cuba, comenta él al aire. Y sigue. Banquetas que casi se caen. Un largo y ancho asiento algo amuellado quizás sirva de cama. Una minúscula cocinita de queroseno, con su fregadero al lado. Un refrigerador apuntalado que alguna vez fue verde. El gaito no comprende cómo viven allí, y dónde duermen, sigue él comentando al aire, dice así:

-Mi bisabuelo vivió en Cuba, en la misma Habana.

“Ni que le hablara a otro allá en España”, se burla Tomasa. Pero no, su trabajo es complacer al cliente. A ella sólo le interesa ganarse los fulas, decentemente, con el sudor de su cuerpo, y no robándole a nadie; se lo dice al hombre y él parece no entender el propósito femenino. O no oírla. Ella trata entonces de excitarlo sobándose nalgas y tetas, los labios y la lengua mordidos, los ojos a media pupila.

El españolito chapotea en su horrenda historia familiar:

-Mi bisabuelo traficó esclavos del África a la América... A punta de látigo y de escopeta... Por casa rondan todavía memorias de sangre y de muerte sobre negros desalmados y holgazanes que él vendía por cientos... Mi bisabuelo dejó raíces en esta Isla, en las negras que le trabajaban la casa... Yo tengo primos aquí.

-Pues yo no soy de La Habana, pa que lo sepas -dice Tomasa con absoluta sinceridad y calla porque no es su asunto; sólo repite mentalmente el ritmo de moda que exterioriza a través del dedo índice y contra el muslo. Y le mira a él de refilón.

-Mi bisabuelo fue hombre de carácter... Volvió a España empujando una fortuna. Fundó un banco, adquirió viñedos, manzanares... Dio dinero para erigir una parroquia... Y parece que Dios le perdonó porque murió cuando le dio su real gana...

La muchacha intenta seguir con el ritmo pero los compases se niegan a aparecer en su cabeza, menos aún salir a través del dedo. El españolito mira a Tomasa y se empeña en sacar a flote memorias de la mulata, que ella guarda sin querer y queriendo en el más oscuro rincón del corazón.

-Hace mucho que la Historia no me da de comer- dice de lo más seria.

Para él sin embargo sólo existen el bisabuelo y la Historia:

-Pues nosotros lo heredamos todo... Todo... Todo... Las riquezas y las pobrezas.

Tomasa cree desinflarse: “¡Increíble, casi agarro los fulas y ya quieren escapar por el agujero que les abre la política!”

-A ver -dice la muchacha atando otro tema-, a que no sabes cómo Pinocho supo que era de madera.

-¿Eeeeh?

-Es un chiste, chico. ¿Cómo coño Pinocho supo que era de madera?

-¡Ah, vaya! No sé..., no sé.

-Carajo, pepe, Pinocho estaba haciéndose una paja y cogió candela.

-¿Cómo dices? ¿Qué hizo Pinocho?

-Que al muñeco se le encendió el palo por masturbarse... La fricción, chico.

El gaito mira con sonrisa de intelectual la carcajada que Tomasa echa, dejando ver de paso el libre movimiento de la campanilla. Al terminársele la risa, la mulata descubre que el gaito se enfría. Pero no pierde tiempo y lo empuja hacia la cortina hecha de retazos de tela de distintos colores. El españolito pierde equilibrio y se apoya en la blanca pared, que casi se hunde por la presión de la mano derecha. Es una pared de cartón enmascarado con cal.

-Ustedes son de admirar -dice él, ya equilibrado.

-¿Qué? ¡Ah, no jodas, pepe! ¡Dale, vamos a templar!

-Sííí -dice y parece no escuchar a la muchacha-, desde fuera de esta isla es palpable la heroicidad de su pueblo..., siempre riéndose.

-Oye, pepe, chico, haz tierra con la pata que te queda... y camina p’allí -dice la muchacha empujándolo hacia la cortina. Detrás hay una escalerita casi vertical. Tomasa sube primero. Él, tric-trac, sigue indeciso pero hablando:

-Los admiramos porque salen de la nada y van adelante a pesar de la presión... ¡Héroes!

-Mi pepe, carajo, ¿qué coño tú sabes de esta mierda? Ná, no sabes ná... Sigue pa’c’árriba

-¡Héroes! -dice él, tric-trac, rumbo al placer- ¡Sigan así, que el mundo les admira!

-¡Oye, gaito, no me jodas más que lo mío es arriba o abajo!

Él pone cara de no entender las posiciones política, social y física que Tomasa adopta. Pero los estrechos escalones de madera conducen a una barbacoa donde se alínean camastros como en un hospital. De ellos salta el tímido olor a albahaca, a limpieza a pesar de la pobreza. En la pared, al pie de los lechos, hay una ventana apaisada con otra cortinita de retazos. La luz entra multicolor y el ambiente se torna íntimo, cálido. Ella va a la cabecera de la cama grande y trastea en el mueble viejo. Hay una radio. La enciende y busca Radio Taíno, ¡la Emisora Turística de Cuba! Con música suave para entrar en onda. Dice al gaito que se desenrrede de la ropa mientras busca cervezas de latica en el refrigerador destartalado. Sube con ellas sudorosas y las abre con par de poff-poff.

Al gaito le entra tos de tanta risa acumulada. Una risa que en realidad esconde pena.

-¿Vivís aquí?

-No, hombre, qué va. Yo soy de Oriente, de Santiago de Cuba. Éstos son amigos míos, nos ayudamos... ¡Bueno, a trabajar! Arráncate esos pantalones, vamos.

-Mi nombre es José Manuel.

-Está bien, José Manuel, quítate los pantalones y lo demás, que yo soy de las que le gusta hacerlo bien sabroso... Así que vamos.

-Pero es que...

-Ningún pero, José Manuel. Arráncate esos pantalones.

-Es que...

-¡Nada, bájate esos pantalones!

Tanto insiste ella, con tal energía lo hace, que a José Manuel no le queda más remedio que salir de los pantalones y lo demás, quedándose en calzoncillos, congelado ante Tomasa, con la pierna plástica de color carne más oscura que la piel original unida al cuerpo por una correa alrededor de la cintura, pues poquita cosa más abajo de esa altura le llega la carencia del miembro. Y a pesar del abultamiento en el ajustado calzoncillo de color rojo, ella duda aún que él lo tenga todo. Y le mira allí. José Manuel enrojece, casi más que el calzoncillo. Comprende la duda de la muchacha, pero es incapaz de meterse la mano para sacarse nada. No hay motivos, ella no se los ha dado. Y Tomasa, que pasó ya por un montón de situaciones embarazosas y de todas salió con buen pie, no sabe sin embargo cómo salir de esta cama cual ring de boxeo de por medio, cada uno a cada lado.

-¡Coooño, mi socio peepee, esto está más frííío que la piiicha de un cura triiisteee -dice guarachosa la mulata en un arranque de guapería y se sale ella misma de su licra verde veneno, del pulóver amarillísimo..., para quedar en tanga de encaje blanco y tetas de puntas hirientes.

-Oye, guapa, no sigas sacándote nada más..., para ahí.

-¿Qué? -interroga asombrada Tomasa, le parece ver volando los fulas, tiene que cazarlos- No, mi macho, mi machote, quiero sentirte firme aquí, arriba de mí...

-Oye, guapa, basta ya, es suficiente por cien dólares, que te los doy ahora. Pero no me acuesto contigo...

A Tomasa el mundo le cae encima. Descubre que por las paredes de la habitación desciende agua congelada, enfriándole el alma, la misma que él le vio desnuda cuando la primera foto, pero allá se mostraba tibia. Y se le mete una sensación glacial en el pecho. Ni respirar puede.

-¿Por qué..., qué te pasa? -pregunta ella después de pensarlo mucho, con los brazos muertos al lado del cuerpo.

-¡Leche, Tomasa, porque no crees que yo valga ahí gran cosa...! -dice apuntando la cama con la barbilla-. Lo veo en tus ojos, en tus miradas... Porque más que el dinero te interesa el placer de hacer el trabajo bien hecho para que yo lo diga a otros, volvamos siempre y ganes más..., aunque piensas que te va a quedar mal hecho por hacerlo conmigo.

-¿Cómo se te ocurre eso, chico?

-Y porque me tienes lástima, Tomasa.

-No es cierto -dice ella y él siente la poca convicción de las palabras.

-Y porque es la primera vez en muchos años que me desnudo ante una mujer y, francamente, no sé si podré hacer algo... Y más sinceramente aún, creo incluso que no me interesa hacer nada. Así que me perdonas, toma tus cien dólares.

El gaito se acerca, tric-trac, al pantalón y hala por la cartera. Pero, curiosamente, Tomasa no está por todo aquello, por lo menos en espíritu. Ella, que lucha contra las feas posiciones del cuerpo, su más codiciada prenda personal, que procura estar siempre derecha, está ahora sentada en la cama con una fea maleta en la espalda. Llorando lágrimas genuinas. Y de espaldas, entre hipidos, dice a José Manuel que no va a aceptarle un centavo sin trabajar. Que las otras van a preguntarle cómo es la cosa con un cojo y ella no va a poder inventarles. Que a otro quizás le arranque el brazo, pero a él no puede quitarle ese dinero. A él no...

-Oye, guapa, qué necesidad tenéis vosotras de deciros cuánta cosa os ocurre.

-Así somos.

-Es feo. No me gusta salir por ahí contando cómo te comportas en la cama...

-Perdóname, José Manuel, pero tú ibas a ser mi trabajo de hoy... Esto que está pasando era lo que no quería que pasara. No quería hablar contigo. No quería detenerme. No quería mirarte de frente, ni que me miraras. No quería escucharte... Sabía que si algo de eso sucedía, iba a terminar preguntándote de dónde eras, si estabas casado, si tenías hijos, si vivían tus padres... Y yo te iba a contar muchas cosas de mí, que por ejemplo el año pasado hubiera ingresado en la universidad pero no quise..., porque estoy cansada..., muy cansada de aquí adentro -y termina tocándose el pecho con la mano abierta. Así pues, naturalmente que el españolito aún de pie cuenta cómo perdió la pierna en un accidente de tránsito, en el mismo en el que murió la esposa y la hija pequeña.

Por las paredes desconchadas desciende más agua helada que le hielan el ambiente a Tomasa, mujer de temple, sabedora de que la Tristeza y la Alegría van en cada cual y de cada cual depende con cuál vive. Ella es hija del Amor y del Trueno, de la Miel y del Baile, del intenso cariño que se tenían Oshún y Shangó, lo dioses negros del panteón yorubá en Cuba, “porque no hay mujer de verdad sin hombre al lado, ni hombre cierto sin mujer arriba”, comenta la mulata con la cama entre ceja y ceja. Y desde el mismo centro de su debilidad saca ella fuerzas para imponerse.

-Tú no conoces a Tomasa - dice a él aunque en verdad es para ella misma, por lo que salta al colchón, enciende la radio durante el vuelo y aterriza bailadora frente al cuerpo masculino, sin tocarle -Regla Número Uno para atraer a un desatraído- aunque sugiriéndole por cercanía la posibilidad de hacerlo y ella misma no dejándose tocar. El gaito permanece frío. Y ella ronda como gallo de pelea con aquellas dos espuelas que son las tetas listas para el combate. Da vueltas alrededor del sorprendido cuerpo, cuya piel va rozando levemente con los pezones punzantes, los cuales se arrugan eléctricamente al tiempo que las aureolas oscuras, mientras la piel blanca de enfrente se estremece en oleadas. Y desde la radio una melodía suave les acompaña los movimientos, se los sugiere.

Nosotros, que nos queremos tanto, que del amor hicimos un sol maravilloso...

A José Manuel se le va una risa ligera porque ella descubre al paso de los pezones el punto sexual secreto. En él insiste Tomasa..., teta-a-teta, hasta que él extiende los brazos y agarra a la muchacha por la cintura, mirándole a los ojos, giran sin saber adónde y, enredados como pulpos, los sexos se encuentran frente a frente sobre la cama con la pata plástica estorbándoles en el medio.

Y ella pide:

-Por favor, mi pepe, arráncate esa cosa que seguro a tí te gusta llevarla de paseo, pero no te acuestes con ella arriba de mí.

Y él, más tenso que la cuerda de un violín, tira al suelo el trozo postizo para incrustarse poco a poco en el ángulo agudo de la muchacha, hasta desaparecer por completo en la caricia honda y repetida como una suave ola marina que viene y va. Ella no lo puede evitar y llora porque él está llorando arriba y porque es la primera vez a lo largo de muchos hombres que siente el afecto de una mano sincera. Él llora porque la ve a ella llorando abajo y porque lo acaban de sacar de la cueva de frialdad en la que él mismo se había metido y creía sentirse a salvo para siempre.

Pero no ha terminado Tomasa con su llanto cuando se desengancha de José Manuel y recoge en el propio movimiento la larga pata plástica con la que danza abrazada, solemne, burlona, soñadora..., a la vez que le imprime besos y más besos, de ojos cerrados y vueltas como un vals que ella teje en un son.

José Manuel en la cama ríe y llora, sentimientos encontrados que lo impactan. Y riéndose y llorándose sigue él, hasta que no puede más y le ordena a ella vestirse a toda carrera, lo mismo que él hace ya.

-¿Te vienes conmigo a España? -¡Estás loco, es muy pronto! -dice ella con carcajadas, los blancos dientes afuera.

-¿Digo que si te vienes conmigo a España?

-Oye, José Manuel, deja correr un poco más esta historia... que no somos al final los mismos del principio -y sigue con las carcajadas, la lengua rojísima en medio del rostro.

-Repito: ¿te vienes conmigo a España?

-¿Yo? A qué..., por qué..., para qué...

-¿Te casarías conmigo?

-¿Aaah, te gustó, eeeeh?

El españolito mueve la cabeza en sentido negativo.

-No es por eso, Tomasa.

Y ella al fin no puede evitar sentarse en la cama temblando toda, la pata plástica entre sus piernas, el rostro contra las manos, llorando como jamás lo ha hecho. La Habana, abril del 98

 


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