La gracia en el parque

Por Rodolfo Torres


Rodolfo Torres (Fito)

Jacinto y Rosario se habían separado varias veces. Hacía tanto tiempo desde la última vez, que seis de los siete hijos concebidos fuera del matrimonio ya tenían hijos que eran hombres y mujeres y a punto estos otros de tener sus propios hijos. Significa que Jacinto y Rosario habían seguido disfrutándose, físicamente, luego de las múltiples rupturas matrimoniales, pero siempre bajo la condición única y mutua que fue aparearse con las bocas cerradas. El día que uno de los dos la abría ahí mismo empezaba la guerra y la desunión inmediata. Por eso, ellos vivían bajo techos diferentes. Y al cabo de medio siglo de los frecuentes desencuentros acordaron la trascendental celebración del “Divorcio de Oro”. Hicieron el pacto mediante los mismos lacónicos mensajes escritos que usaban para las entregas corporales mudas, dejados en escondrijos conocidos sólo por ellos dos.

Invitaron al festejo a hijos, nietos, familiares, amigos y vecinos. Querían hacer algo único y entre las tantas golosinas del convite empezaron por preparar las exquisitas croquetas cuya receta Rosario atesoraba de la abuela medio griega, medio italiana, con carnes variadas, raíces y granos, todo molido y unido a hierbas diversas. Y taciturnos, sin mirarse siquiera, amasaron y amasaron hasta que el sudor de sus rostros fue uniéndose al de brazos y manos en las mezclas pegajosas sobre las dos mesas. Luego, encima de cada mueble, cama y piso de la gran casa vivida únicamente por Rosario organizaron largas filas cuales fichas de dominó prontas a ser empujadas para caer en cadena sin freno. Parecían relucientes ladrillos blancos salpicados de rojo, verde y amarillo.

Y silenciosos como habían empezado, sin decirse un “pi” siquiera, enchufaron las dos freideras. Eran porfiados y tenían metidos en sus cabezas que debían ser capaces alguna vez de concluir juntos lo que empezaran juntos, como mismo engendraran a todos sus hijos, por ejemplo, expresaban tozudos en insonoro diálogo. De esta manera, calladitos, fueron alineando croquetas ya fritas en el mismo orden que las tomaban sin freír. Al final, luego de horas de extenuante labor, Rosario colocó sus manos a la cintura para dirigirse a nadie:

-Este orden en bloque hace recordar a cierto ejército de miserables…

-¡Ya ofenden al gobierno…! --ladró Jacinto mirando la pared, sin dirigirse a nadie.

-Pues todos esos mandamases y sus aduladores son iguales a alguien…

-¡Ya decía alguien que a falta de acuerdo, tampoco habría festejo! --exclamó él recogiendo su sombrero y dirigiéndose a la salida.

-¡Quién salga por esa puerta podría luego arrepentirse, pero no sería perdonado!

Aun así, Jacinto propinó el consabido portazo. Y Rosario puso manos a la obra durante la noche. El resultado inmediato fue la ciudad entera despertando bajo los efectos del estallido de una señora bomba. No se supo entonces de ninguna víctima pero los analistas opinaban que ya aparecería alguna como ha ocurrido siempre en todo tipo de explosiones, principalmente en una con las características de esta. Se trataba de algo en extremo agresivo. Estaba en el parque, a un costado de los bancos frente a la iglesia y a la sede del gobierno. Era una colosal montaña de excrementos de perro.

El viejo guarda parque, precisamente Jacinto Rodríguez, dijo escandalizado que el autor de tan bestial acto debió de ser un sabueso de proporciones incalculables, no tanto por la cantidad del “asunto” (aunque era algo a tener en cuenta) sino por la calidad y sobre todo por la altura a la que llegó. Indicó además, y se le notó cierto temblor en la voz, que quien alimenta a un animal de forma tan grosera debería terminar sus días tras las rejas.

-La estupidez no tiene fin, señores míos. Toda aquella maloliente cúspide que ustedes ven allá fueron setecientas noventaiocho croquetas de a media libra cada una, que yo amasé y hasta freí muchas de ellas, señores míos --dijo señalando el excremento piramidal. Luego comentó en voz baja y casi para sí mismo la tristeza que le embargaba al no poder celebrar ya su “Divorcio de Oro”, los felices cincuenta años que llevaba oficialmente separado de Rosario.

Y concluyó--: Soy un caballero y para mi deshonra admito que esta única vez la culpa la tiene toda ella, como siempre.

Luego no prestó mayor importancia al “asunto”, pensando que de seguro traerían a los bomberos para deshacer la suciedad con potentes chorros de agua. Pero nadie sabía, y el guarda parque mucho menos, que estaba a punto de desencadenarse la tercera guerra mundial a causa de una simple cagadita. Muy cierto. La alarma corrió de boca en boca y miles de curiosos pasaron para verla con sus propios ojos. Algunos atrevidos colocaron sus pies a cincuenta metros de distancia, sin dejar de apretarse las narices, y quedaron estupefactos ante el sólido promontorio que de seguro no se movería ni con terremotos.

Los habitantes del pequeño pueblo eran testigos de cómo su linda monotonía estaba siendo destrozada por el desacostumbrado suceso. Pero, aferrándose a la raigal costumbre, pretendían que de ninguna manera la nauseabunda atmósfera les sacara de la rutina. Por eso, estiraban los cuellos, levantaban las narices y volvían las caras para seguir adelante. Como si la cochinada no existiera.

El sol, en cambio, calentó la plasta sólo medio día y entonces sí que cundió el pánico. La gente cruzaba asustada por las aceras opuestas al parque. Algunos científicos pueblerinos vaticinaban marejadas que sumergirían las casas: sacaban a la memoria colectiva las epidemias de 1847 y 1860. El miedo empezaba a ser incontrolable.

El primero en ser señalado como causante del extraordinario fenómeno gastronómico fue el mismo guarda parque Jacinto Rodríguez, aunque no por haber amasado y freído muchas de las croquetas. Fueron las señoras chaperonas las que en un arranque de histeria dijeron horrores del viejo: “Es un vago”; “Gana su sueldo sin trabajar”; “Debe limpiar el parque con sus propias manos, sin escobillón”; “Cultiva flores en esos terrenos para regalarlas a dos ancianas de la acera de enfrente”. Esos y muchos otros comentarios propalaban aquellas señoras sin esposos conocidos ni reconocidos. Se les acababa el único sitio de genuina distracción en toda la ciudad, sin que perdieran ante los demás la condición de castas y así poder hablar de otras chaperonas. Aun así pasaban a una cuadra de distancia y de todas maneras estaban obligadas a empapar pañuelos de encajes con las más penetrantes colonias. En par de días todos los pomos desaparecieron del comercio. Jamás los vendedores recaudaron tanto por una simple mierdecita. Pero ni los mejores perfumes protegieron a los jóvenes enamorados y los ancianos ya jubilados. Unos iban a sentarse en los bancos para susurrarse ternuras en vuelo eterno; los otros, a contarse proezas más propias que ajenas, aunque en verdad fuesen más ajenas que propias. Sólo que el amor y los recuerdos son enemigos acérrimos de las pestes.

Al segundo día de tan desaseada situación circularon rumores que arrastraban algo de verdad: el guardaparque Jacinto Rodríguez renunciaba a su trabajo. Zacarías Toledo, el barrendero de las calles aledañas al parque, también presentaba un papel escrito exigiendo sus derechos o abandonaba esa labor. Se negaban a limpiar el área del pleito. Apelaban a lo estipulado en el contenido de trabajo de sus contratos respectivos.

El guardaparque decía que a él le pagaban por evitar que los muchachos malcriados rayaran los bancos, pusieran sus zapatos en ellos, caminaran sobre el césped, arrancaran flores, marcaran los árboles, montaran bicicletas o patinaran...

-Como ven --finalizó--, esa mierda no me corresponde.

El barrendero por su parte argumentó que el sueldo le llegaba por prenderse con un escobillón desde las cuatro de la madrugada para barrer y recoger cuantas basuras y hasta mierdas hubiera en las calles o en las aceras...

-Ésa está en el parque --dijo elevando el brazo para señalarla--. Tampoco es mía.

La tercera jornada transcurrió bajo rabia sorda. El tema de todos era la tremenda multa que impondrían a Rosario Sánchez por la manía de dar exagerada cantidad de comida a los animales callejeros; de que el guarda parque iría a la cárcel; de que se llevarían preso al barrendero; de que pedirían cuentas a quienes recogen canes en carros especiales y últimamente se hacían de la vista gorda. Hubo incluso un guasón que comentó: “Si siguen así le celebran juicio al perro y el pobre va a tener que limpiar.” Eran simples rumores.

Mientras, la pestilencia iba en aumento. Y las críticas también. Las dos se radicalizaban a velocidad prodigiosa. Las últimas tomaban nombres y apellidos concretos, de responsables conocidos que debían velar por el orden y la higiene y andaban en otras operaciones. Todavía eran rumores.

Al cuarto día el hedor era insoportable. El jefe del gobierno local citó para una apresurada reunión a quienes estaban al frente de las carteras de salud, higiene, administración, comunicaciones, construcción, transporte, economía, sociales. Estuvieron reunidos sin parar once horas. La mierda fue el único punto en la agenda del día.

Discutieron hasta que el dolor de garganta, el hambre, la sed, el cansancio y la incomunicación los abatió. Habían propuesto regarle petróleo encima y darle candela, deshacerla con agua a presión, dinamitarla, estirarla, encogerla... No se ponían de acuerdo, no podían. La montaña era incombustible, maciza, granítica, impermeable...

Al quinto día ya no había perfume en el comercio. La situación era desalentadora para los viejos jubilados y los jóvenes enamorados. Las chaperonas estaban decididas a continuar en sus intrigas y prescindían del parque.

Pero que al atardecer del sexto día llegó un telegrama urgente al gobierno local. Anunciaban la inspección a varios frentes de trabajo. Un ministro encabezaría el grupo. Sería la hecatombe, había que hacer algo, peligraban muchísimos intereses...

Con mayor premura que la vez anterior fueron citados los responsables a otra reunión. A las doce de la noche concluyeron con un acuerdo único y de rápida ejecución: construir una urna encima y alrededor de los excrementos. La tarea debía realizarla Michel Pantaleón, el arquitecto que había estudiado en Italia el estilo clásico. Al principio se encolerizó porque consideró ingrata semejante obra, pero cuando le dijeron que podía erigir lo que quisiera, de la manera que más le gustara, se llenó de gozo. ¡Por fin haría algo de estilo clásico!

Y en el parque bajaron cabillas, cemento, ladrillos, arena, piedras, tanques con agua... Fue un hervidero. Trabajaron treinta y cuatro horas seguidas, a la luz de potentes reflectores que estampaban en las fachadas la sinuosa montaña. Era lastimoso ver a los albañiles laborar con el rostro de lado, sudando a mares, envueltos en la nauseabunda atmósfera.

A las 6: 13 a.m. del octavo día, pintaban de color azul aqua la preciosa urna, que se elevaba majestuosa a una treintena de metros. Tenía un respiradero con un gallito como veleta, y hasta habían aprovechado su altura para colocar una antena de radiocomunicaciones.

No había un solo responsable que no viviera emocionado y satisfecho de la obra. Todos recordaban haber sido, cada uno a su manera, progenitores de una idea tan genial. Algunos, incluso, reclamaban el honor único para sí.

Hubo discursos, fotos y escritos en el periódico local cuando la inauguración, que la hicieron con risas floridas y cintas picadas. La máxima figura del gobierno en el pueblo subrayó en sus palabras que "no cuenta el volumen y su tufo, sino la voluntad para cubrir ambos". Las segundas figuras por detrás del alto dirigente aplaudían con delirio.

En cambio, la gran masa oía el discurso de brazos cruzados.

-¡Lo único que hacen es esconderla! --gritaban a coro ante la tribuna, pero la tremenda potencia de los amplificadores impedía que las voces fuesen escuchadas.

Desde el primer momento, en el reportaje con iniciales apariencias de reconocimiento y apoyo a los hombres públicos, el periódico local arremetió contra "semejante adefesio, que contiene la negligencia de varios". El periodista, el fotógrafo y el director del órgano de prensa sabían que en la sutil crítica podía finalizarles la vida laboral allí, y quién sabía qué más. "Pero de esta mierda tiene que quedar constancia", habían dicho en reunión privada y acordaron hacer frente común. Y, detalle curioso, nadie les llamó para un jalón de orejas. Tampoco ningún responsable pudo criticar a los criticones porque el mismo día de la publicación llegó la comitiva visitante. Eso ocurrió durante la novena jornada y programaron salidas a los lugares más importantes de la región, donde el agua de pozo es la más dulce y fría; donde se bebe la más helada cerveza; donde el pellejo de cerdo cruje más y mejor que en ningún otro sitio, donde las jacarandosas muchachas caminan rítmicamente y muestran apetitosas masas sobre bandejas... De centros económico-productivos y sus resultados, ni hablar; de la urna, muchísimo menos.

Al parecer, nadie destaparía el gran zurullo. El ministro regresaría a la capital sin que a su nariz ascendiera ni un poquito de la tremenda hediondez. Pero de alguna manera el jefe de la brigada de constructores, quienes querían ir en masa para explicar como fuera la historia de la mierda, traspasó la barrera de los políticos locales y colocó un ejemplar del diario en manos del hombre. Él no sabía nada, todavía, y estando en la sede del gobierno se acercó a un gran ventanal para disfrutar de la preciosa vista del parque con sus numerosos jardines coloridos, los álamos siempre verdes y hasta una elegante edificación de estilo clásico muy cerca de los bancos. Tenía algo raro y no sabía por qué… Estando allí hojeaba el diario, distraído, y levantando de cuando en cuando la vista para pasarla por todo el parque y sobre la urna, hasta que algunas palabras resplandecieron en medio del papel blanco:

…escamotear la porquería,

todo un arte que viene de arriba...

Los responsables se movían alrededor del hombre, diciendo nerviosos: ¡Cómo hemos trabajado este año! ¡Ya se verán los resultados! ¡Todos confían en nosotros! ¡El pueblo nos apoya! ¡Aquí hay unidad de pensamiento y de acción! ¡Mire la realidad directamente y no a través del periódico!

Pero el ministro no soltaba las hojas impresas. Se volvió y ejerció tal presión sobre el grupo alrededor, para conocer el verdadero sentido de aquellas palabras, que el jefe de la sección de comunicaciones estrujó su cara con tal fuerza que se la cambió desde adentro y dijo así:

-Pues que debajo de aquellos estilizados muros hay una gran caca.

A partir de ahí comenzó un profundo análisis. Todos rechazaban haber ideado la construcción, ni siquiera la habían apoyado. Es más, estuvieron en desacuerdo desde el mismo inicio pero como se trataba de voces sin el peso necesario pues prefirieron callar, aunque eso sí y que quedara claro, jamás apoyaron ideas tan desastradas.

El responsable de salud e higiene, por ejemplo, argumentó que siempre se opuso a "ocultar semejante deyección".

-Señores míos --expresó el de la economía--, no hay nada más apestoso que la mierda escondida.

Y tal como afirmó este último, aun cuando el hedor ya no existía, la gente seguía quejándose de que algo olía mal. Fueron momentos de increíble tensión porque en un instante dejaron a un lado lo que les costó años lograr: en apenas minutos abandonaron la gozosa práctica de llevarse los carros estatales a la playa; no siguieron amontonando secretarias de nalgas voluminosas y nada más; se abstuvieron de poner a laborar a familiares en cargos de poca importancia y mucho salario... Pensaban que la mala racha concluiría, felizmente, el día menos pensado, en par de semanas o antes, como siempre. Porque la verdad es que fríen en aceite hirviendo al primero, al segundo lo dejar pasar como si fuera invisible y al tercero lo felicitan por audaz en la gestión empresarial, económica, política, ideológica y social.

Más, el ministro no era de los que soltaba fácil un problema difícil. Y llamó al arquitecto Michel Pantaleón para un breve diálogo. El profesional dijo así mirando la urna a través de la ventana:

-Essmíía, ssí, muy míía. La consstruí con amor yyesstoyorgullosso de elllla.

Algunos comentaron entonces la rareza, pues de dónde el arquitecto sacaba ese ángulo desconocido y rudo en extremo. Pero el ministro exclamó airado:

-¡Carajo, este trabajador es el único con virilidad aquí!

Después refutó a Pantaleón cuantas razones adujo para erigir la urna y concluyó con una estocada profunda:

-Yo lo respeto a usted porque en la obra se ve su elevada profesionalidad, además de que cumplió bien con la orden del gobierno... Pero véalo desde mi punto de vista, búsquele el sentido común a la obra, ¿para qué fue realizada?, sin añadir que no encaja en el entorno arquitectónico, ¿cierto o no?

Pantaleón replicó:

-Aun assí le digo a ussted que essa urna ess el ressultado de mi essfuerzzo intelectual y esstoydisspuessto a defenderla como ssea.

El ministro bajó del segundo piso del gobierno local y paseó alrededor del arca, en el parque. Golpeaba la sólida construcción con el puño cerrado, sacaba cuentas del gasto, convertía los materiales y la mano de obra en cualquier otra cosa más beneficiosa, en su imaginación... Hasta que apretó sus labios, se puso lívido, llevó las manos a la parte izquierda del pecho y cayó al suelo:

-Si salgo vivo de esta, no quedará uno solo en el gobierno…

Y si rápido trasladaron al hombre al cuerpo de guardia del hospital, con mayor velocidad aún corrieron al parque para echar abajo la noble urna. Michel Pantaleón abría los brazos de piel blanquísima ante la obra y exclamaba llorando que no que no que no que no que no la derribaran, que su corazón latía en lo alto de aquel sitio. A ninguno de los funcionarios importaba los sentimientos artísticos ni patrimoniales del arquitecto. Y arremetían con mandarrias y barretas. Por último, el responsable de los barrenderos preguntó qué harían con los ladrillos y como nadie respondió pues ordenó a los subordinados que llevaran los materiales ya usados al patio de su casa.

-Ya no los quieren y a mí me sirven para fabricarles un corral a los cerdos.

Entonces, un camión de volteo se acercó dando marcha atrás a la piramidal montaña y descargó en su base varias toneladas de aserrín de pino. Los más de cien empleados del gobierno municipal corrieron a empuñar grandes escobillones al tiempo que cantaban con alegría sincera el conocido himno que habla de la defensa del salario de cada cual. También los jefes se tomaron fotos en la realización del "trabajo voluntario y desinteresado".

Al concluir, todos fueron de visita al hospital. Deseaban testimoniarle al ministro la adhesión colectiva. Durante el camino de ida hablaban de que en adelante serían exigentes y rigurosos de verdad. Nos les importaba perder la amistad de nadie por las medidas que tomarían. Se revestían de durísimas corazas para que ninguna espada penetrara en sus sentimientos; empuñaban espadas afiladísimas para atravesar todo tipo de corazas.

¡Más, cuánta congoja sintieron al conocer que el ministro debía permanecer en el hospital!

-Por desgracia --gimoteaban todos--, no estará con nosotros para exigirnos por un buen trabajo con su magnífico método de dirección; lo respetamos y lo queremos sinceramente.

Pero el hombre no era tonto y les dejaba dos puntos de obligatorio cumplimiento y en los que él no intervendría de ninguna manera. Ni que supiera lo que iba a pasar allí.

1) Hacer una reunión con todos.

2) No concluirla hasta encontrar al culpable.

Desde entonces no acometieron nada más. Y el perro siguió haciendo lo suyo en cualquier sitio pues Rosario Sánchez --apoyada por Jacinto, sin contradicciones esta vez-- no dejó de suministrarle croquetas cada vez más grandes y condimentadas. Vino a agacharse incluso encima del edificio de la reunión, aunque no le había apuntado como debiera. Ninguno lo imaginaba pero todos morirían sepultados.

 


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