Un alma despistada

Por Enrique Gallud Jardiel


ALMA.—(Llegando.) ¡Buenas! ¿He llegado por fin? ¿Es esto el infierno?


ALMA.—(Dejando el libro.)¡Ya empezamos!


ALMA.—¿Cómo?


DEMONIO.—Otro despistado.


ALMA.—Usted perdone, pero de lo rojo de su atavío, de su rabo y de sus cuernos deduzco que usted es un diablo, por lo que debo de encontrarme en el infierno, que es a donde me dirigía.


DEMONIO.—Pase por esta vez el que venga aquí con estas prisas. Se lo disculpo, porque evidentemente usted no sabe aún de qué va esto. Pero, antes de seguir adelante, dígame: ¿cómo sabía usted que al infierno se venía por aquí?


ALMA.—Bueno, lo supuse. Yo cogí las paperas. Me morí y entonces...


DEMONIO.—¡Eh! Un momento. ¿Qué cuento me está contando? Nadie se muere de las paperas...


ALMA.—Eso lo dirá usted. Abraham Lincoln tuvo las paperas.


DEMONIO.—¿Y murió?


ALMA.—Hace ya siglo y medio.


DEMONIO.—¡Anda!


ALMA.—Bueno, sigo. Me morí y, al poco, me encontré andando por un camino. Llegué a una encrucijada, en donde el camino se bifurcaba. Había un sendero áspero, lleno de piedrecitas y arbustos espinosos, que supuse que sería el camino del cielo. El otro era agradable y fácil de hacer, estaba lleno de flores y era el más concurrido.


DEMONIO.—(Este tipo ha leído a Milton, parece. ¡Buen pedante está hecho!)


ALMA.—Además, estaba muy claro, porque había dos flechas que decían «Al cielo, por aquí» y «Al infierno, por allá».


DEMONIO.—¿Y por que te fuiste por el camino del infierno, si me permites que te tutee y te lo pregunte?


ALMA.—Porque yo soy un gran pecador.


DEMONIO.—¡Toma! Como todos.


ALMA.—¿Qué?


DEMONIO.—O sea, a ver, que yo me entere: ¿como eres un pecador, al morir te vienes para acá, a darme la lata a mí?


ALMA.—¡Claro!


DEMONIO.—Pues no está tan claro, porque yo ¿qué culpa tengo de que tú peques o no, vamos a ver?


ALMA.—Es que yo creía...


DEMONIO.—¿Tú creías? Tú no creías en nada que mereciese la pena, si no, no estarías aquí.


ALMA.—(Dudando.) A mí siempre me habían dicho...


DEMONIO.—¿Y quién te manda creer todo lo que te digan? Las cosas las ha de aprender uno mismo.


ALMA.—¿Sí?


DEMONIO.—¡Tú me dirás! No veas la de barbaridades que hacéis los humanos sólo porque otros humanos os dicen que las hagáis.


ALMA.—Yo me estoy liando. A ver... La cosa es mucho más simple y no creo que necesite de tanta palabrería, que me confunde. Los hechos son estos: He muerto. Vengo al infierno a sufrir por toda la eternidad. Permíteme que entre y déjate de monsergas, diablo.


DEMONIO.—¡Cuánto le queda por aprender a esta gente! Vamos a ver, tontorrón: ¿tú crees que por pecar se viene al infierno?


ALMA.—¡Hombre, es obvio!


DEMONIO.—No me llames «hombre», que me da mucho asco.


ALMA.—Bueno.


DEMONIO.—Volviendo al tema: ¿obvio, dices? ¿Tú sabes cuánta gente peca?


ALMA.—(Después de pensarlo un poco.) Me figuro que casi toda.


DEMONIO.—¿Y te crees que aquí íbamos a tener sitio para tantas almas? Pero, hombre, si hasta en la National Gallery faltan salas para tantos cuadros como tienen. ¿Qué querías? ¿Que trajésemos aquí a toda la humanidad presente y pasada? ¡Buen problema logístico sería, sólo para organizar los turnos del desayuno!


ALMA.—¿Cómo? ¿Entonces no es verdad todo lo que nos enseñan en la tierra?


DEMONIO.—Casi todo es mentira.


ALMA.—¿No es cierto que las almas de los condenados arden aquí eternamente?


DEMONIO.—Pero, simplón, vamos a ver: ¿tú sabes de algo que arda eternamente? Esa idea se contradice con las leyes de la termodinámica.


ALMA.—¡Eh!


DEMONIO.—Además, si hubiera algo que ardiera eternamente, estaríamos hablando de una fuente de energía muy renovable; entonces, los árabes no podrían vender su petróleo, se desestabilizarían las balanzas de pagos y se armaría un cisco internacional.


ALMA.—Venga. ¡Déjate de chuflas!


DEMONIO.—No es broma. Las cosas son más sencillas de lo que parecen.


ALMA.—Creo que no quiero seguir con esta conversación. Me estoy confundiendo. ¡Abre la puerta y déjame sufrir el castigo de mis pecados!


DEMONIO.—Pero, ¿qué pecados, infeliz? ¿Tú crees que puede haber un pecado merecedor de un castigo eterno? ¿Tú sabes lo que es la eternidad? ¿Siempre, siempre, siempre? ¿Qué pecado has cometido tú, vamos a ver?


ALMA.—Yo... pues...


DEMONIO.—Venga, habla.


ALMA.—He cometido adulterio. Varias veces.


DEMONIO.—¡Hay que ver cómo os complicáis la vida! Me estás diciendo simplemente que te has apareado con una hembra de tu especie. Yo lo encuentro muy normal. Máxime teniendo en cuenta que el impulso sexual no lo habéis inventado los hombres, sino que se os ha sido impuesto.


ALMA.—Pero es un acto cometido fuera del matrimonio.


DEMONIO.—El matrimonio no es sino un contrato. He de reconocer que los contratos sí son algo diabólicos. Pero, créeme: eso no es para rasgarse las vestiduras.


ALMA.—¿Seguro?


DEMONIO.—Te lo digo yo.


ALMA.—Vaya. En fin... también he robado.


DEMONIO.—¡Esa manía del anticuado concepto de la propiedad privada!


ALMA.—(¡Un diablo comunista! ¿Quién me lo iba a decir?)


DEMONIO.—¿De quién crees que son las flores de los campos, vamos a ver?


ALMA.—Pues...


DEMONIO.—Y el aire, ¿de quién es?


ALMA.—Esto...


DEMONIO.—Las cosas del universo son del universo mismo. No te compliques la vida.


ALMA.—¿Tú me estás tomando el pelo o qué?


DEMONIO.—Lo que quiero hacerte entender es que lo único sagrado que existe es la vida. Las otras cosas son a voluntad de partes.


ALMA.—¡Ah! Pues yo no he matado a nadie. Si eso es lo que es pecado, entonces soy inocente.


DEMONIO.—¿Estás seguro?


ALMA.—Yo nunca he hecho daño a ninguna persona.


DEMONIO.—Pero te habrás comido algunos buenos chuletones, ¿a que sí? La vida es vida, así es que no me vengas ahora con monsergas.


ALMA.—(¡Un diablo vegetariano!)


DEMONIO.—Por desgracia, no eres tú solo, sino que desde la noche de los tiempos los seres humanos matan. Y aunque eso sí que es pecado, lo que pasa es que ya estamos acostumbrados y, por eso, se os perdona, teniendo en cuenta vuestra imperfección.


ALMA.—¿Cómo? ¿No se me va a castigar, entonces?


DEMONIO.—Aquí no se castiga a nadie. Sería muy injusto haceros pagar por lo que no es culpa vuestra, sino lo que podríamos considerar un «defecto de fabricación».


ALMA.—¡Que me aspen! Entonces, ¿se me perdona todo?


DEMONIO.—¿No te he dicho que sí?


ALMA.—¿Y no hay infierno?


DEMONIO.—¡Claro que no!


ALMA.—Pues ¿qué es esto y qué haces tú aquí?


DEMONIO.—Esto es una oficina de información para almas despistadas. Y yo soy el encargado de ilustrar a los ignorantes, en el turno de tarde.


ALMA.—¡Qué cosas! Pero, y yo, ¿qué hago ahora?


DEMONIO.—Tienes varias opciones. Puedes encarnar en otro cuerpo. Es lo más socorrido. O bien puedes flotar por ahí, esperando a que se acabe el invento.


ALMA.—¿Qué invento?


DEMONIO.—Hombre, esto: el universo. Puedes esperar hasta el siguiente.


ALMA.—¿Es que habrá más?


DEMONIO.—¿No os enseñan en el colegio que la energía no se crea ni se destruye, que sólo se transforma? ¿Es que crees que todo este tinglado iba a acabar en la nada?


ALMA.—¿Así es que tampoco puedo ir al cielo?


DEMONIO.—(Estallando, indignado.) ¡Los hay obtusos! ¿Es que no te has enterado de nada de lo que te he dicho? ¿Quieres sabes si existe el infierno? Pues lo único que es un infierno es tener que contaros a todos lo mismo, una y otra vez.


ALMA.—(Apaciguándole.) Bueno, no te pongas así. Yo me voy y todos tan contentos. Ya no te molesto más. (Hace mutis por la derecha.)


DEMONIO.—¡Sí, hombre, sí! ¡Vete por ahí! (Suspirando.) La verdad, empiezo a estar muy cansado de este oficio. Tratar con esta gente me crispa los nervios. Necesito unas vacaciones.


TELÓN

 

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