DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Por Eduardo Triana (ET)



"Cauce y efecto"

Río Djiver. Bruges / Bélgica

La riología no existiría sino la hubiese creado yo. La necesidad me obligó. Crecí en un lugar donde el río llevaba un nombre de guerra. Por mucho tiempo creí que era un río mitológico. Tanto las batallas marítimas como las propias aguas me las tuve que imaginar, inundándome la cabeza hasta el fondo con mejores ilusiones que las de los más creativos de los antiguos. Algo me decía, no obstante, que si su nombre era "Bélico", acontecimientos trascendentales en él habían ocurrido, aunque hoy olvidados estuvieran. Fue entonces cuando me aventuré en varias expediciones tratando de encontrar restos de un pasado glorioso en sus márgenes. Me obligué a pensar que los tenedores y cuchillos oxidados, las sartenes sin fondo y los orinales irreconocibles eran reliquias históricas de un reino de la antigüedad. Las parejas conque me tropezaba en pleno acto reproductivo, las veía siempre como deidades perpetuando leyendas. Me esforcé en averiguar con los vecinos, acerca del origen de sus ancestros, buscando una herencia que los vinculara a un posible pasado naviero. Nunca respondieron. Temían que en vez de investigador fuera un inspector de comunales con la intención de multarlos por verter basura en el área. Realicé varios recorridos, deseando adentrarme en la espesura de algún bosque para tener algo interesante que relatar. Terminaba siempre en un merendero que hacía esquina, donde el dependiente y yo compartíamos algo en común: No teníamos mucho que ofrecer. En mi último viaje de descubrimiento a lo largo del conducto de torrentes taciturnos, fui detenido luego de expresar que el motivo en esa ocasión era encontrar embarcaciones. El hecho de que referirse a veleros, galeones o barcazas estuviera prohibido quinientos, ochocientos o quién sabe si miles de años después, era un indicio claro que la vía fluvial escondía un misterio aún por navegar. Con el objetivo de probar mi hipótesis sobre la existencia de ríos que corren de sur a norte, me despedí un día de la ciudad y del afluente de aguas recónditas donde creciera. Quise alejarme remando simbólicamente en un bote de ruedas, pero nadie se atrevió a facilitármelo. Ante una mancha de guajacones bucólicos que percibían mi partida, juré que un día regresaría a continuar mis estudios de riología local aunque para ello tuviese que cambiar mi apellido por el de Ríos.

 


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