Adonis y Afrodita

Por Mario Barros (Lenguaviva)


Me cuenta Obdulio que su amigo Adonis, un calvo cincuentón de barriga cervecera, nunca había tenido un hogar fijo por más de seis meses hasta hace poco, cuando conoció a una señora que lo puso en órbita desde el primer momento. Afrodita, que es el nombre de la doña, es una mujer también madura, pero de curvas nada despreciables; más bien… apreciables. La atracción entre ambos fue instantánea y pronto se transformó en algo más que eso. Y en algomásqueeso Afrodita demostró que su nombre no lo tenía por casualidad. El acople fue tan intenso que, luego de varias semanas de fogosas batallas colchónicas, la señora invitó a Adonis a mudarse a su casa de manera permanente. La doña obviamente necesitaba compañía. Y el hombre, necesitado a su vez de un poco de estabilidad, aceptó la invitación al instante.

Cuando hizo su entrada triunfal en el nuevo domicilio, Adonis descubrió que Afrodita lo esperaba con un papel en la mano. El documento resultó ser un contrato que establecía que, en pago por su permanencia gratuita en el aposento, mi amigo debía cocinar; lavar la ropa y los platos (separadamente, por supuesto); limpiar la casa; hacer las compras en el mercado; cortar el césped; sacar la basura y atender al canario, cuidandoque el gato no se lo comiera. Casi nada.

Diceel Obdu que Adonis, luego de leer el contrato lentamente y con mucho cuidado, se quedó pensativo durante un buen rato. Varias veces abrió la boca para hacer un comentario, pero otras tantas la cerró y así, de paso, evitó que le entraran moscas. Por fin, decidido, se decidió. Sacó del bolsillo posterior derecho del pantalón un documento y se lo entregó a Afrodita sin decir palabra. “¿Y esto?”, preguntó la doña. “Es tu contrato. Léelo”, respondió mi amigo en dos palabras. Es decir, en cuatro.

El documento establecía que, en pago por el derecho a disfrutar de la presencia de Adonis en su morada, Afrodita se comprometía a no ofrecer más de dos excusas semanales para evadir sus deberes conyugales. Adonis, conocedor de la naturaleza femenina, sabía que, una vez que la señora lo tuviera seguro, las batallas colchónicas iban a disminuir en frecuencia y fogosidad.

Luego de leer el documento, Afrodita se quedó justo como Adonis en el tercer párrafo. Pero al final no sacó nada del bolsillo posterior derecho de su pantalón, porque no llevaba pantalones, sino una falda. Lo que sí hizo la doña fue soltar una estentórea carcajada, pedirle su contrato a Adonis, unirlo al de ella y romper ambos en miles de pedazos que lanzó alegremente al aire.

Y dice el Obdu que desde entonces Adonis y Afrodita viven bajo el mismo techo, contentos y felices, como las lombrices.

 

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