Un cacho del Arcipreste

Por Enrique Gallud Jardiel


En algún rincón de alguna biblioteca de algún monasterio que no hace al caso se ha encontrado una polvorienta versión en la que se encuentran algunas cuartetas que no se hallan en el clásico que todos conocemos. Varias de ellas son descaradamente eróticas y precisan de un comentario que hacemos con muchísimo gusto, porque el Arcipreste era un tipo estupendo que nos cae muy simpático.

Vamos a ello.

El poeta, con una sinceridad que le honra, reconoce que de mujeres sabía un rato bastante largo, debido principalmente a la guerra continua, que despoblaba de hombres jóvenes los pueblos de Castilla. No oculta su predilección por el bello sexo:

E yo, por que sóome bastante pecador,
ove de las mugeres a vezesgrand amor;
non me averguençodello, pues es munchomexor
acostarse con fenbra que non con un sennor.
Siempre se ha pensado que Juan Ruiz copió su obra de El collar de la paloma, de AbénHazam que, como ya se había muerto hacía unos siglos, no protestó demasiado. No sabemos si esto es cierto o sólo el resultado de las ganas de los críticos de aguar la fiesta y desprestigiar a los escritores. Lo que sí parece probable es que el autor, para su uso privado, se hiciera con algún libro picante del Oriente, como se desprende de la clasificación que hace de las mujeres, que tiene grandes reminiscencias kamasútricas:

Diz’ el sabio que existen tres classes de mugeres:
corça, burra, elefanta, según sus menesteres;
sean grandes o pequennas son fuente de plaçeres;
con ellas deberás de ayuntar sy los quieres.

La corça es fenbra chica, de tamanno menuda,
e para alçarla en vilo non se precissa ayuda
como con la elefanta, que es syenpre obesa e rruda
e al goçarla faz falta muncha fuerza e se suda.

La burra es mugerrresçya, con carnes qualmorçillas,
de muslos torneados e firmes pantorrillas,
de pechuga rredonda e rrossadasmexillas;
su folgar es tan dulçequal plato de natyllas.
Pasa luego a describir las características amatorias de las mujeres. Nos transmite su experiencia de que las feas son especialmente ardientes y exigentes a la hora de lo que importa:

Hay fenbras cuyo rrostropareçe un bassylisco
pero con carnes pryetas, que invitan al mordisco;
en tapando su cara, te savenqual marisco;
folgan con grandfyereça, te dexan fecho çisco.
Las predilecciones sexuales del bello sexo e incluso sus perversiones quedan también recogidas adecuadamente en estos versos:

Fenbras hay a quien plazen las más raras posturas;
unas gustan de luz, non quier’ estar a obscuras;
otras mexor prefieren rrelaçionesinpuras
e non les fazen ascos a prelados e curas.
El Arcipreste enseña a entender adecuadamente las insinuaciones sexuales de las hembras y a no desperdiciar las ocasiones que se presentan:

Sy ves que una muger porta grand’ el escote
es sennal de que tyene ganas de darse el lote;
deverás animarla con pellisco e azote
e acabarás, con suerte, cavalgándola al trote.
Finalmente, el poeta hace causa común con su sexo y aconseja sabiamente al hombre para que no corra peligro en sus amoríos:

Nunca les des dyneros, non tomes esto a rrissa:
preçepto es que te doy, muy sabyo e que va a missa;
ca sy toman costunbre se darán muncha prissa
e te despoxarán fasta de la camissa.

La muger es lyosa, por natura enbustera,
es ésta grandverdat que la savequalquiera;
non creas lo que diga, pues es enrredadera;
quien las escucha acaba como una rregadera.

Fuye de las que pegan al omesoplamoco;
nunca yazgas con ellas, a non ser que seas loco;
evita las mugeres, sy es que se lavan poco,
para que no te peguen lyendre ni estreptococo.

 

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