Pintando las pirámides

Por Enrique Gallud Jardiel


Desde que soy multimillonario llaman a mi puerta las gentes más diversas para pedirme que les financie tonterías. Todo el mundo acude a mí, al excéntrico hombre a quien nada divierte y que soporta su tedio viajando sin cesar e iniciando las empresas más extrañas y peregrinas en un vano intento de pasar las horas de una vida que carece por completo de sentido.

Así, hago colección de tipos raros y de proyectos originales.

El del otro día colmó la medida. Vino a verme un individuo bajito, con cara de vendedor de coches usados. Irrumpió en mi despacho Chipendale por un ventanal, asesinó a tiros a mi mayordomo y a mi secretario (que se habían abalanzado sobre él) y, ya solos, me saludó educadamente, guardó el arma en un maletín que llevaba consigo y pidió que le concediera diez minutos de mi preciado tiempo para contarme su idea.

Yo le propuse que nos trasladáramos a la pieza contigua, porque la sangre había empapado la moqueta y a mí la vista de la sangre me produce repelús.

Pasamos por encima de aquellos dos cadáveres, cuyo sueldo de aquel mes me acababa de ahorrar, y nos sentamos en un saloncito muy cuco que tengo allí para hacer esperar a las visitas.

—Soy John Smith —me dijo aquel tipo que, aparte de su sangriento exabrupto inicial, parecía ser bastante simpático.

El hombre no tenía cara de llamarse Smith, aparte de que su acento calabrés le delataba de inmediato. De tan torpe intento de anonimato deduje que se trataba a todas luces de un loco, a más de gilipollas.

—Cuénteme su plan —le invité, con toda mi sangre fría. Me quedé mirándole fijamente, sin poder apartar de mi cabeza la idea de que dentro de poco aparecería mi vieja doncella, Alessia, para traerme el «Cola-Cao» de la merienda. Cuando ella entrara, él le dispararía un tiro, por la misma inercia. Así es que urgía acabar el asunto pronto para que se fuera... si es que pensaba irse, lo cual entonces no parecía estar muy claro.

—Verá, señor... —empezó. Le interrumpí, decidido a no perder más tiempo.

—Ya sé, ya sé —dije—. Presentó su idea a gobiernos, la rechazaron, oyó lo de mis millones y mi filantropía, patatín, patatán. Todo eso ya me lo imagino. Vaya al grano: ¿en qué consiste su proyecto?

—En pintar las pirámides.

—Explíquese.

—Es bien sencillo: son muchas, todas iguales y tienen esa forma... ¿cómo se dice?

—¿Piramidal? —aventuré.

—Exacto. Y, encima, son todas del mismo color. Como usted no ignora, la variedad es la cualidad suprema de toda empresa artística. Cualquier estudio de estética se lo confirmará. Desde la Poética de Aristóteles, hasta la de Boileau, pasando por la de Horacio y sin olvidar a Gracián...

—También convengo en eso —le corté, para evitar que nos perdiéramos en un laberinto de erudiciones sin sentido.

—Los antiguos egipcios ignoraban ese principio —continuó— y yo me propongo subsanar su error.

—Con mi dinero.

—Con su dinero, sí señor —asintió—. Tengo estudiada la empresa. Aquí están las cifras —dijo. Y sacó un papelito arrugado del maletín. Lo consulté y llegué a la no sé si esperanzadora o terrorífica conclusión de que aquel Smith no sabía sumar.

—Vamos a ver —indagué—: ¿estamos hablando de esmaltes sintéticos o de acrílicos al agua?

—De acrílicos, por supuesto. Secan antes y el color acaba siendo más uniforme. Claro, que habría que dar antes una imprimación aislante, porque...

Le interrumpí de nuevo.

—¿Tiene ya los permisos del gobierno egipcio?

—Por extraño que parezca los tengo, sí. He tenido que hacer bastante papeleo, pero, al final, me los concedieron.

Y sacó del maletín unos documentos que, por lo que yo pude colegir, estaban en toda regla.

—¿Ha pensado en el color?

—Eso me ha tenido dudando hasta hace poco, no crea. El objetivo de mi empresa es conseguir variedad. Pensé en un principio en pintar cada piedra de un color, con lo que se obtendría un efecto psicodélico. También podrían decorarse con figuras hieráticas, al igual que en el interior. Pero al final me decidí por pintar toda la pirámide de una misma tonalidad, con un color distinto en cada una. Así se reconocerían mejor. ¿Qué le parece?

—Pues no sé —repuse, tras pensármelo un poco—, pero preveo varios problemas con los colores.

—¿Y eso? —Smith parecía intrigado.

—Piense usted, amigo mío: el verde es el color simbólico del islamismo. Quizá a los musulmanes no les guste que se pinte así un monumento pre-islámico de una cultura politeísta e idólatra. Por tanto, el verde queda descartado. El amarillo también, puesto que la piedra ya es amarilla de por sí: sería una necedad pintarla del mismo color que ya tiene. Debemos descartar también el rojo, porque los daltónicos lo verían igual que el verde. En cuanto al negro, no es oficialmente un color. El blanco, por el contrario, es la suma de todos los colores, pero tampoco es un color puro. ¿Cuáles nos quedan?

—Hay algunos más —dijo, dubitativo.

—Sí —continué inexorable—, pero hay que descartar el rosa y el lila, porque de otra manera se podría poner en duda la virilidad del faraón enterrado dentro.

—Eso es cierto —convino.

—En cuanto al marrón, es antiestético. De cerca, todavía; pero una pirámide marrón vista de lejos parecería únicamente un montículo formado por excrementos de camello.

—¿Entonces?

—Pues sólo nos queda el azul.

—Es mi color favorito —indicó el tipo, ilusionado.

—No lo dudo, pero si pinta usted todas las pirámides de azul, eso produciría monotonía eigual falta de variedad que ahora. No habríamos avanzado nada.

Ante la solidez de mis argumentos el calabrés Smith palideció, quedó un rato ensimismado y luego dijo con convicción:

—Tiene usted toda la razón. Así es que sólo me queda un camino que tomar.

Y, sacando su arma del maletín, se descerrajó un soberano tiro en la cara, más o menos a la altura de las narices (poniéndome perdida de sangre la moqueta de aquel saloncito también).

Lo que pasó a continuación ya no tiene interés: telefoneé a la policía, llegó Alessia con mi «Cola-Cao», me tomaron declaración, mandamos las alfombras al tinte...

Pero ahora que han pasado unos días he reflexionado sobre el asunto y la idea no me parece tan disparatada.

Creo que, finalmente, voy a pintar las pirámides por mi cuenta y riesgo.

 

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